I. P. L.
No fue fruto de la inspiración sino de la experiencia. De la impresión que le produjo escuchar una y otra vez a los bodegueros más destacados de países como Italia, Francia o Estados Unidos. Así se contagió de esa pasión por crear grandes vinos un discreto empresario y hábil ejecutivo llamado Mario Rotllant. Un hombre con domicilio en Barcelona que se convenció de que el mejor lugar para asentar sus reales era Rioja y que para conseguir el éxito soñado debía reunir y dar suficiente libertad a un escogido equipo que ahora, cuarenta años después, todavía le acompaña.
Buscaron cepas viejas y no solo más o menos largas crianzas, destinaron esfuerzos a estudiar y preservar el tempranillo, a encontrar proveedores para las uvas que necesitaban, a transportar los racimos en cajas y a instalar la primera mesa de selección de Rioja. El resumen de las constantes pruebas, actualizaciones e inversiones que han marcado sus primeras cuatro décadas. Y al que recientemente han añadido un nuevo viñedo que dibuja las más respetables líneas con el entorno, la tierra y la lluvia (keyline) plantado allí donde la zona y la altitud pierden sus límites.
Un espíritu con algo de clasicismo y mucho de innovación -admirada y seguida por otros- que les ha permitido avanzar sin pausa y crecer a golpe de éxitos. Así llegan a la celebración de tan especial aniversario con la cata de tres de sus marcas en las que estuvieron representadas cada una de las décadas vividas. Botellas que se permitían regalar vinos frescos de cosechas cálidas e impecables resultados en años difíciles. Y que además lograban -solo algunas- atrapar el más codiciado secreto de la grandeza: la (casi) eterna juventud.
