IGNACIO PÉREZ LORENZ
La oportunidad de probar dos añadas de cada uno de los tres grandes reservas de La Rioja Alta, S.A llegó de la mano del reciente Encuentro Internacional del Barrio de la Estación. Una cata recibida con el respeto que imponen un lugar cargado de historia y unas copas con tintos que no buscan competir pero que defienden su estilo y su evolución. Entre ellos, Viña Arana que mantiene en el mercado un soberbio 2016, maduro, amable y hasta alegre. El 2017, muy similar, ofrece al menos hasta ahora, un punto menos de redondez.
El frescor en esa bodega se da por supuesto. Una tras otra, sin excepción, cada elaboración exhibió considerables dosis de tan preciado tesoro. Lo mismo ocurría con la suavidad, la finura, la fruta o los recuerdos especiados que parecen marca de la casa. E incluso con la distinción y elegancia sin fisuras que muestran algunas añadas como la 2015 y 2016 del Gran Reserva 904. Un trago largo, de sedosa textura y relleno de fruta compotada que hace imposible decantarse por solo uno de los dos.
Compartiendo muchas de estas características y dotados además de exquisita intensidad aromática y explosiva presencia en boca, el 2010 y 2011 del Gran Reserva 890. Vinos perfectos, o casi, que juegan con el tiempo, que lo templan y lo acomodan a su paso para recoger lo mejor de la tradición riojana. El 2010 se puede beber con enorme placer o se puede guardar, pero al 2011 le sentará muy bien -por mucho que sorprenda la afirmación- algo más de botella. Como si se diera la importancia, añadida a su grandeza, de hacerse esperar.

