Cuando el arranque de viñas y la reducción de rendimientos amenaza a varias zonas

I. P. L. 

Reducir los rendimientos autorizados, no permitir nuevas plantaciones y arrancar unas cuantas hectáreas. Esa es la receta, sustentada por una combinación de matemáticas y sentido común, que en mayor o menor dosis se deben aplicar todos los implicados en algunas denominaciones de origen de este país. Y, a partir de allí, sumar esfuerzos en promoción e internalización de sus elaboraciones.

La última en lanzar una llamada de atención ha sido Asaja Valladolid tras denunciar que las bodegas ofrezcan contratos de compra para la uva “por debajo de los costes de producción, incumpliendo la Ley de la Cadena Alimentaria”. Las medidas que esta organización agraria propone para la D. O. Rueda incluyen solicitar “dotación económica” para un arranque de viñas y reducir la producción situada ahora en 10.000 kilos por hectárea. 

El final de la historia pasa siempre o casi siempre por tomar pronto decisiones de este tipo. El otro camino, la inacción, suele concluir pidiendo subvenciones para convertir el vino en alcohol como recientemente ha ocurrido en Rioja. Algo que si no va acompañado de drásticas decisiones suele terminar con frecuencia como el juego de La Oca: volviendo a la casilla de salida. 

Elaborar, en ocasiones también con subvenciones y ayudas, para terminar enviando el producto a una alcoholera es al menos una contradicción. Mayor cuanto más grande es el prestigio de la zonas afectadas. Y en España son ya unas cuantas las que se despiertan cada día cubiertas por la velada sombra de esa amenaza. ¿Muchas? Sean las que sean, siempre son demasiadas.
Foto: Lizzy Honey (Pexels)