I. P. L.
Quienes comparten la experiencia sobre una empedrada calle tienen algo de seguidores de Hemingway. Aquel hombre que se bebió la vida a tragos por bares y restaurantes de una interminable lista de ciudades incluida la vieja Iruña. Y que extendió por todo el mundo la admiración por sus fiestas gracias a las dos frases con que salvó una poco afortunada novela: “Al mediodía del domingo 6 de julio estalló la fiesta. No hay otra manera de describirlo”.
El vino navarro -muy distinto ahora al que trasegó aquel premio nobel en inenarrables almuerzos- atraviesa su mejor momento sobre fondo blanco y rojo. Lo eleva el añadido de la música que te asalta en cada rincón y alcanza sus más altas cotas al acompañarlo, entre otras opciones, con huevos fritos, patatas y chistorra. Es entonces cuando mejor sabe el rosado. Lo mismo que le ocurre al tinto y también al blanco.
