I.P.L.
Qué extraña sensación saber que va a ser alguien del sector -además de muchas otras cosas- quien ponga del revés al vino español y al de otros muchos países. Donald John Trump, el hombre que adquirió una bodega en el estado de Virginia que ahora gestiona uno de sus hijos, nos prepara un día que pasará a la historia, al menos a la historia de la infamia. Y además lo hace -eso dice- por nuestro bien o por el bien de no se sabe quién o quiénes.
A pesar de esas palabras tan vacías como repetidas nadie saldrá beneficiado de la guerra que ahora inicia. España y Europa buscarán medidas para paliar dentro de lo posible los numerosos daños. Aun así, trabajo, esfuerzo, dedicación, producto y dinero sufrirán duras consecuencias. Algo que pondrá a muchos en una situación difícil de superar si dura poco e insuperable si se extiende en el tiempo. Y que machacará a este y al otro lado del Atlántico una forma de vida y de convivencia, una conexión con el pasado, una herencia y una cultura.
Todo eso y mucho más es el vino. Palabra cargada de un significado puede que mágico pero fácilmente comprensible para casi todos. El casi tan solo excluye a ese iletrado que supo invertir en una bodega sin dejar de serlo. Y que ahora vive de espaldas al mundo dedicado a insultar y amenazar sin el menor respeto a la verdad y sin el menor apego a la realidad.
Foto: Anhelito26 (Wikimedia Commons)
