Castillo de San Diego: cuando cincuenta años sí son muchos

Simpatía a raudales, ingenio, delicioso carácter, generosidad y bonhomía. Eso y mucho más era Toto. Un personaje con ocho apellidos sanluqueños, los nombres de casi todas las bodegas en su árbol genealógico y el mejor embajador que tuvo nunca la patria de la manzanilla. Antonio Barbadillo, su nombre oficial, llevó con bien una bodega que necesitaba como cualquier otra empresa adivinar hacia dónde iba a soplar el viento para adelantarse a los tiempos. Y en eso, también fue un maestro este añorado hombre capaz de crear el primer blanco del Marco de Jerez y ponerlo en las mesas de medio mundo.

Hablaba de él como de un niño pequeño al que necesitaba mimar y reírle las gracias. Y en aquellos años Castillo de San Diego (barbadillo para los amigos) contaba con muchas más que los demás. Entre otras cosas porque apenas había competencia. Pocos de los blancos que hoy conquistan el corazón o el paladar de los consumidores existían entonces, aunque imitadores de ese estilo salieron hasta de debajo de las piedras. El paso de los años, la revolución enológica que ha vivido este país y la posición del mercado llevó a sus sucesores a dar a esa botella un acertado giro. Una vendimia más cuidada y más temprana buscando preservar aromas y aumentar frescor y equilibrio. 

Estos días se le rinde homenaje con una fiesta en Sanlúcar de Barrameda y con la edición especial de una enorme botella que iguala al contenido de seis.  En el interior de esta especie de pieza para coleccionistas, una combinación del mayor de los hermanos y del resto de los blancos (Mirabrás, ÁS, Sábalo, Patinegro, Tamarix y Alba Balbaína) que se han ido uniendo a la familia. La prueba de que cincuenta años sí son muchos.