I. P. L.
No ha parado de viajar, de crecer y, sobre todo, de evolucionar. Las viejas estampas decimonónicas en blanco y negro dejaron paso a bellos y curiosos edificios cargados de vendimias y de tradición tonelera. Y sus primeros vinos abrieron la puerta a elaboraciones y marcas que hoy destacan en todo el mundo.
Así es esta zona nacida tras la llegada del tren a Haro (La Rioja) y así son las seis bodegas que mantienen una asociación para llenar de sentido la palabra enoturismo. La mejor experiencia a este lado del Atlántico -con las entradas agotadas en cuestión de minutos- lleva ese nombre: La Cata del Barrio de la Estación. Una historia que se ha ido ampliando con encuentros internacionales, recorridos por las bodegas, satisfactorios bares de vinos y notorias propuestas culinarias. A todo ello se ha añadido un pasaporte para recorrerlo, casi cualquier día del año, siguiendo un camino marcado por tapas y vinos.
El último, por ahora, de sus muchos viajes, les ha llevado a Madrid. A presentar o a recordar sus propuestas y a demostrar dentro de la copa adecuada que lo siguen haciendo muy bien. Y que las cocinas y el servicio que les rodean no solo están a la altura sino que realzan tanta nobleza. Devolverles -o devolverles una vez más- la visita a esa ciudad con nombre de barrio no es una obligación. Es un placer que ellos, al recibir a su público, seguro que también comparten.

