I. P. L.
“Creación, innovación, ingenio..”. Esos fueron algunos de los términos utilizados por Pedro Ballesteros, nuestro protomaster of wine, para referirse a la vida y a la labor de Miguel A. Torres. Los había reunido -como prologuista uno, autor el otro- la presentación del libro “Una vida entre viñedos”. El recorrido -inacabado como señaló Ballesteros- de una experiencia vital y un proyecto empresarial (Familia Torres) al que se añade el retrato de un país a través de la evolución de sus vinos.
Ambos mostraron la finura de un humor que hoy se echa de menos en tantas convocatorias. Y a la que se unió, con algo de retraso, Luis Planas, ministro de Agricultura. Entre los tres recordaron a un joven rebelde formado en la enología francesa que importó variedades procedentes de ese país. También fue el impulsor de la internacionalización de su grupo que comenzó en Chile y siguió por Estados Unidos o de la llegada a Ribera del Duero, Rioja y Rías Baixas.
La recuperación de variedades ancestrales, un proyecto que Miguel A. Torres comenzó hace más de cuatro décadas, ha dejado ya como legado la frescura en blanco de la forcada y las enormes posibilidades de tintas como pirene, gonfaus o querol. La creación de una asociación internacional para combatir el cambio climático (que ha pasado de dos a 170 bodegas) es otro de los éxitos de esta historia familiar que continuará.

