Siempre pasa mucho tiempo, tal vez demasiado, hasta que se encuentra la oportunidad de regresar a los lugares míticos. Entre ellos, el Douro. Una región que sigue presumiendo con motivo de ser la más antigua demarcación vinícola y que no ha dejado de evolucionar de forma parecida a como lo ha hecho el resto de la península ibérica. Una adaptación en marcha a nuevas formas de respetar el viñedo y de combatir el cambio climático al tiempo que incorpora variedades recuperadas y busca vinos más frescos y fluidos.
La primera sorpresa, nada más llegar a Quinta de São Luíz (Kopke Group) -paraíso buscado por miles de enoturistas procedentes de los más alejados rincones del mundo- un rosé moderno y actual capaz de competir con las más destacadas elaboraciones de cualquier otro país. Partiendo de la variedad local tinto cão, y con un 20 % del vino criado durante un mes en madera usada (el resto en depósito), dan vida a este rosado de aires provenzales marcado por sus notas a flores y a frutas rojas (grosella y otras). De escaso color y cargado de vibrante frescor, exhibe longitud, delicada presencia e indudable elegancia. Todo un hallazgo. (22 euros).
Para cuando se hizo de noche en ese rincón de paz que es The Vine House, el hotel de la quinta, el sueño de todo catador estaba cumplido. No pocos blancos con o sin la fermentación terminada, y unos cuantos tintos que comenzaban su vida en depósitos o en barricas de las más variadas formas y tamaños, nos acercaban a la nueva realidad del Douro. También, vinos embotellados de impecable factura y un final difícil de olvidar. Un viejo oporto, Kokpe 50 Years Old White, que reconcilió con el mundo a cuantos se acercaron la copa a los labios. Y que dejó claro que a esa tierra, lo importante es volver.
