Nos quedamos con el champán

Entre Putin y el champán, nos quedamos con el champán. Y con el respeto a las normas, a las denominaciones de origen y a las leyes. También, con las buenas prácticas comerciales, la importancia del terruño y el respeto, al menos en cuanto al mundo del vino se refiere, a la tradición. 

Hace muchos años que en esas frías tierras que rodean a la montaña de Reims descubrieron la manera de vinificar uvas con poco grado alcohólico. Una segunda fermentación en botella, tras añadir azúcar y levaduras, es el primer paso. Y además, la clave para encerrar en su interior burbujas que solo el paso de los años harán más finas y mejor integradas. La forma, una vez en el paladar, de contemplar y de sentir el cielo con regusto a chardonnay, pinot noir y pinot meunier. 

Ahora el champán, dice un personaje que ya no tendrá a un Chaplin que lo caricaturice, se hace en Rusia y el vino espumoso en Champagne. Pocas veces los grandes líderes se acercan al vino para ayudar. Un sector que parece condenado a recibir bofetadas procedentes de cualquier dirección. Desde nuevos aranceles, porque los aviones vuelan bajo cargados de subvenciones, hasta estas atribularias decisiones de las que abominan la sensatez y hasta la cordura. ¡Qué tiempos aquellos en que Isabel II unía a su boda al nombre de Petrus o John Fitzgerald Kennedy se declaraba fascinado por ese vino! Quizá, el momento y el estilo eran otros; el talante, muy distinto y al vino solo se acercaban gentes civilizadas entre las que no estaban ni Putin ni Trump.
Foto: Alexander Naglestad (Unsplash)