Attis, albariño de alta costura

Es probable que la inscripción que los vendimiadores llevan sobre las camisetas tenga como objetivo recordarles dónde están y cuánta importancia tiene su trabajo. Si bien, la búsqueda de las muy diferentes versiones del albariño comienza mucho antes: desde el momento en que se intenta cultivar la mayor parte del viñedo en ecológico. Un reto casi imposible con un clima como el gallego.

Partiendo de esa base, todos los vestidos del vino resaltan la elegancia, la belleza, la acidez y la autenticidad de esa y otras variedades autóctonas. Un trabajo de alta costura, señalado por el preciosismo, del que se ocupa el enólogo bordelés Jean François Hébrard. Alguien a quien los propietarios de la bodega, los hermanos Fariña, consideran casi de la familia y que se ocupa de poner en orden esa intensa creatividad que parece sacudir los cimientos del proyecto.

Cepas viejas, cemento, hormigón, granito, cerámica, acero, depósitos, huevos, fudres, barricas, bazuqueo, crianza submarina, crianza sobre lías o clara de huevo con agua de mar son algunos de los elementos que combinan para crear  una larguísima y original relación de vinos en O Salnés. La exhibición de materiales, técnicas y elaboraciones no produce ni un solo resultado extraño y sí muchas originales y acertadas botellas de esas que, si no existiesen, alguien debería sentir la obligación de crearlas o de recuperarlas.

Imposible elegir solo una, aunque la impresión que causan la finura aromática, el sabor intenso y la marcada pero no cortante acidez de Attis Lías Finas 2017 permite asomarse al estilo de la casa. A la crianza sobre lías, práctica común, se une, en esta ocasión, la permanencia durante seis meses en depósitos y fudres de gran tamaño. Es la manera de no arrasar con la delicada expresión de la uva y dotar al vino de la intensidad y complejidad que lo hacen grande.

Entre tantos blancos no debería pasar desapercibido Sitta Pereiras 2018, uno de los mejores y más conseguidos vinos naturalmente dulces, incluso para quienes no sientan predilección por los vinos dulces. La suma de elevados índices de acidez y alcohol de una parcela permite optar, deteniendo la fermentación, por el más sutil, refrescante y menos pastoso de este tipo de vinos. También entre las propuestas más llamativas, pese a que se trate de una elaboración tradicional, un blanco de maceración, Sitta Laranxa 2018, que solo tiene notas dulces (melocotón, naranja) en sus marcados recuerdos frutales acompañadas de un sabor pronunciado, serio y solvente.

Carácter y elegancia se dan igualmente la mano en un falso joven, Attis Embaixador 2015, criado con sus lías en depósito durante dos años. Procede de un solo viñedo que le permite conservar todavía recuerdos florales, mantener una sorprendente alegría y una ejemplar evolución. La galería de proezas enológicas se completa con Attis Mar 2016 que tiene como base el vino que se ha criado durante seis meses con sus lías y que pasa otro medio año -cual mejillón en batea- bajo el mar. La utilización de tapones de cristal, la ausencia de oxígeno y tal vez la temperatura y los suaves movimientos del mar le permiten mostrarse redondo, maduro, fresco, potente, floral y punteado por notas ligeramente dulces.

Muy aromático, marcado por las frutas rojas, suave, ligero y armonioso. Así es Attis Pedral 2016, tinto dibujado con el largo pero suave trazo de una bien integrada madera y caracterizado por su irreprochable expresión y su alma claramente atlántica. Otro motivo más para seguir avanzando en esa conversión ecológica que, en palabras del enólogo de la casa, solo tiene una parte difícil: convencer a los viticultores de que se puede lograr.

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